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EDELAP: LA BOLETA CADA VEZ MÁS CARA EL SERVICIO CADA VEZ PEOR

Mientras el termómetro no da tregua en la región, los vecinos de Berisso enfrentan una realidad que combina el agobio climático con la indignación económica: facturas de luz que llegan con aumentos de hasta el 400% en algunos hogares, enmarcadas en un servicio de la empresa Edelap que se desmorona día tras día. La ecuación es tan simple como perversa: pagar cada vez más por un suministro que está cada vez menos.

En barrios como Villa Progreso, Los Talas y la zona de Villa Zula, el malestar ha pasado de las redes sociales a la acción directa. Las boletas, que apenas un año atrás representaban un gasto manejable, hoy aterrizan en los buzones con cifras que para muchos jubilados y trabajadores superan el 30% de sus ingresos.

Sin embargo, el «tarifazo» no se traduce en inversiones visibles. Por el contrario, la red eléctrica de Berisso parece haber entrado en una fase de fatiga crónica, con transformadores que estallan ante la primera subida de tensión y cables que no resisten una brisa veraniega.

La crítica hacia Edelap no se limita únicamente a la falta de luz. El verdadero «vía crucis» comienza cuando el usuario intenta reclamar. En las oficinas de la región, las filas de vecinos damnificados por electrodomésticos quemados se chocan con respuestas burocráticas y sistemas automáticos de atención que parecen diseñados para el desgaste.

«Llamás y te atiende una máquina; cuando lográs hablar con alguien, te dicen que la cuadrilla está en camino, pero la cuadrilla nunca llega», relata una vecina de la calle 173, quien perdió toda su mercadería tras un golpe de alta tensión que afectó a toda su cuadra.

Desde el sector comercial, el panorama es igual de sombrío. Los pequeños almacenes y carnicerías de la Avenida Montevideo viven bajo la amenaza constante de perder la cadena de frío. Para un comerciante de Berisso, un corte de seis horas no es solo una molestia: es una pérdida económica irrecuperable que, sumada al valor exorbitante de la factura, pone en jaque la continuidad del negocio.

La pasividad de los organismos de control y la percepción de un «abandono flagrante» por parte de la prestataria han caldeado los ánimos. Mientras la empresa condiciona sus reparaciones a que no haya protestas en las zonas afectadas —una exigencia que roza el autoritarismo ante el legítimo derecho al reclamo—, la ciudad permanece en una oscuridad intermitente.

Berisso paga hoy tarifas de primer mundo por un servicio que, en la práctica, parece haberse quedado estancado en el siglo pasado, dejando a miles de ciudadanos como rehenes de un monopolio que brilla, precisamente, por su ausencia.